miércoles, 13 de julio de 2016

Conciertos parisinos

Juan José Barrientos

       Hace unos días asistí a un concierto en la Casa de Alemania  donde unos jóvenes músicos  interpretaron un cuarteto en do menor de Brahms  y otro cuarteto también en do menor de Gabriel Fauré; luego hubo un coctel, donde me ofrecieron champagne, y hablé unos minutos con la violinista, una francesa lindísima, que por su piel bronceada contrastaba con sus amarillentos compañeros.
        Me dijo que toca con una orquesta en Berlín, adonde sus padres se mudaron, por cierto.
Tiene un Amati de 1652 y se llama Clemence de Forceville, asi que lo más seguro es que descienda de alguna familia de la nobleza.  
        El auditorio es un cajón de vidrio,  se pueden ver los árboles y las plantas alrededor, y uno tiene la impresión de un concierto campestre muy agradable.  
        El piano, sin embargo, es un Steinway de media cola, es decir más chico que el de la Casa de México, que está ahí desperdiciado por la actual directora, que no hubiera ofrecido ni coca cola, pues pretende cobrarles a los estudiantes que le piden el auditorio.
         En el Colegio de España se presentó hace poco un Trio Malats  que interpretó obras de Enrique Granados y Gaspar Cassadó, pero en la Casa de México no se hace nada parecido.
         Todas las residencias de la Cité Universitaire organizan conciertos, y unos días antes escuché a Jenny Maclay interpretar la sonata para clarinete y piano de Leonard Bernstein, que no conocía y me gustó mucho; además, tocó la suite Cats (Gatos), de John  Noble y otras piezas.
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         Ella estudia en el conservatorio de Versalles con Philip Cuper que es el clarinetista de la orquesta de la Opera y ha tenido varias alumnas mexicanas.
          La Casa de Japón también promueve la música de su país,  y el 21  hubo un concierto de koto, un arpa japonesa de trece cuerdas, con la que Takahashi Gaho interpretó algunas melodías  de su tierra.
           El martes pasado asistí ahí a un concierto de una violinista japonesa, Teira Yamashita,
que tocó primero la sonata para violín y piano en sol de Ravel y luego la Kreutzer, de Beethoven, acompañada por Wataru Hisasue, que es un pianista que se aloja en la Fondation danoise, en el mismo piso que yo.

           Tiene 22 años y anoche ofreció recital en esa residencia para estudantes después del buffet con que reinauguro “la terraza” que en  realidad es una especie de pérgola de metal que se remodeló.
              Total, hay muchos conciertos, pero la música mexicana no se oye.
               En la Sorbonne  se realiza desde hace décadas un ciclo de conciertos a mediodía, que se dedicó este año a la música de España, Portugal y los países iberoamericanos, por lo que se interpretaron obras de Héitor Villalobos, Ginastera y Carlos Guastavino, pero el programa no incluyó ninguna obra de Manuel M. Ponce, que estudió en Paris, dicho sea de paso,  ni de ningún otro compositor mexicano; nuestro país estuvo representado únicamente por el Mariachi Mezcal, del que por cierto forman parte 2 violinistas franceses.
               Hace años escuché al conjunto Mono Blanco, que estaba de paso al Festival “Rio loco” en Toulouse, y se alojaron en una sala de la Casa de México donde ensayaba el ballet folclórico; mi hija, Flora, que estudiaba en París preparó luego un recital con las  danzas cubanas y otras obras de Mario Ruiz Armengol, y lo tocó en la Sorbonne y el Teatro del Chatelet, entre otros lugares como la FNAC de Ternes, donde promovía sus discos el gran Ciccolini.  Desafortunadamente, no se ha vuelto a difundir nuestra música.
              Ojala el INBA, el IVEC o la Universidad Veracruzana hagan algo al respecto.


*Publicado en el Diario de Xalapa el lunes 27 de junio 2016.


lunes, 2 de noviembre de 2015

Desayuno en París con café “olé”

  Juan José Barrientos

   La capital francesa es inagotable, y cada vez que voy descubro algún lugar que no conocía, como la tienda UniQlo en el Marais y un jardín cercano al que se entra por el portón de la Dirección de Asuntos culturales de la mairie (alcaldía), y es al que le debe su nombre la famosa rue de rosiers.


   La tienda UniQlo, que según me dijo una empleada quiere decir “único” en japonés, se encuentra atrás de la Opera, frente a las Galeries Lafayette, y ya la conocía, pero no la sucursal del Marais, inaugurada en abril del año pasado y que ocupa el edificio de una antigua fundición de metales preciosos, de la que se ha conservado la imponente chimenea de ladrillos rojos y 35 m. de altura, así como algunos hornos y herramientas – palas, tenazas –que se exhiben en 2 compartimentos aislados por vidrieras. La tienda propiamente se instaló en una estructura de acero con pisos de madera.
   La manera en que se utilizó este edificio histórico me recordó al que se encuentra en Xalapa dentro del Super Che en Ruiz Cortínez y la antigua calle Rivera Cambas y sobre el cual
nos dejó una nota o dos Guillermo Zúñiga, que todavía se pueden leer en línea y en las que aclara que era una fábrica de hielo.
   Desafortunadamente, no se conservan las máquinas, ni las tenazas mencionadas en esas notas, pues el edificio estuvo abandonado durante décadas y se deben haber retirado cuando la empresa cerró o se vendieron como fierro viejo en algún momento.
Y casi junto a UniQlo se encuentra otro edificio ocupado por la Dirección de asuntos culturales de la mairie que alberga un jardín y un huerto que recorrí y que tiene salida a la calle paralela, que ahora ya sé por qué se llama rue des rosiers.
   Se trata de una calle peatonal en pleno barrio judío, en una de cuyas reposterías acostumbro comprar un “pavé” con un relleno oscuro que debe su color a las semillas de amapola.
Tampoco había recorrido el Sena en un batobus ( de bateau, barco), pero un domingo leí en el periódico que se había declarado “libre de automóviles” y el precio del recorrido se redujo a diez euros, por lo que decidí aprovechar la oportunidad para disfrutar de esta experiencia.
   La tarifa normal es de 16 euros, pero el pase anual únicamente cuesta 38; una mujer trató de comprarlo, pero le dijeron que sólo se venden en enero para el resto del año lo que la hizo despotricar contra los franceses, que son muy especiales en ese aspecto.


   En cualquier estación del metro, se puede comprar un pase mensual para circular de manera ilimitada no sólo en ese medio, sino también en las numerosas líneas de autobuses, que por cierto permiten echarle ojo a esta bella ciudad, pero ese pase hay que comprarlo a principios de cada mes. Si uno lo compra el 7 de septiembre, no es válido hasta el 7 de octubre, como cualquier podría pensar, sino sólo hasta el 30 de septiembre, y lo mismo pasa con los pases semanales, válidos de lunes a domingo, de modo que si uno va a estar en París de un miércoles a otro miércoles tendrá que comprar 2 pases semanales.
El paseo en batobus me tomó 2 horas y luego recuerdo que subí caminando por el boulevar St. Michel y entré al parque de Luxemburgo, donde hay un estanque muy amplio donde los niños empujan con pértigas sus barcos de madera con velas y corren a recuperarlos del otro lado.
   A la entrada del metro me detuve a escuchar a unos músicos – un pianista y un clarinetista que interpretaban las melodías acostumbradas rodeados por la gente.
   Y ahora que ya regresé a Xalapa recuerdo que por lo general me despertaba temprano y
desayunaba “a la española” -- un tomate pelado con aceite de olvida y un trozo de baguette – y luego iba a la entrada del Metro, donde unos chicos regalan un periódico – 20 minutes – y luego entraba al Parc Montsouris que tiene 15 hectáreas y bajaba hasta el lago al otro extremo por un sendero entre los cedros y otros árboles; regresaba por la orilla a la Cité universitaire, para ir a echarle un vistazo al periódico mencionado mientras tomaba un café “olé” en el restaurante del Colegio español.
(Se trata de un café au lait, es decir con leche, pero como lo tomaba en el Colegio español, yo lo escribo “olé”, como se pronuncia)
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Las notas de Guillermo Zúñiga se pueden ver en varios sitios si uno escribe “La fábrica de hielo” y su nombre.

jueves, 9 de abril de 2015

Silvio Zavala

(in memoriam)

 Juan José Barrientos

      Al leer la noticia del fallecimiento de Don Silvio Zavala, recordé su generosidad, pues hace décadas me apoyó para que la Secretaría de Relaciones Exteriores oficializara mi candidatura a un importante puesto  en la UNESCO y años antes para que pudiera enseñar como lector en la Universidad de París-Sorbonne.


   Por ese motivo le dediqué mi artículo sobre “Colón en el cine y la televisión” publicado en la revista Tierra adentro a fines de 1991 y que traducido al italiano, gracias a una colega, también apareció en unos Quaderni de la Universidad de Macerata, donde ella era profesora.

   A fines de los ochenta revisé la lista de puestos vacantes en la Unesco por si alguno me servía para volver a París, y lo único interesante que vi era el de Director general de la División del arte, los intercambios culturales y el fomento del libro, y por no dejar presenté mi solicitud y mi curriculum, pues ya estaba por vencer el plazo para hacerlo.

    Hecho esto y luego de comprobar que no había ningún otro candidato mexicano, lo procedente era tratar de que se oficializara mi candidatura y ahí es donde le pedí apoyo a Don Silvio, que luego me envió copia de una carta en que Don Fernando Solana le informaba que ya había girado instrucciones al respecto.
    Por supuesto, tuve que convencer a otras personas para que mandaran a la Unesco cartas de apoyo, como la mamá de Adriana Menassé, que era la representante del Salón de la plástica mexicana, Y Javier Wimer, que estaba a cargo de los libros de texto, así como Mario Valdés que era entonces el presidente de la Modern Language Association, una centenaria organización.

     En 1989 volé a París y de ahí me trasladé a Barcelona para participar en un congreso; para aprovechar el viaje me quedé un mes en Madrid, donde pude ver en la Filmoteca española unas películas acerca de Colón; incluso me facilitaron una moviola para que las analizara cuadro por cuadro…y volví a París para ver qué había pasado en la UNESCO.

     Me enteré así, por Fernando Aínsa, que el nuevo Director general de ese organismo, Federico Mayor, tenía especial interés en que el puesto para el que yo era el candidato del gobierno de México lo ocupara Milagros del Corral, que había sido su colaboradora cercana en el Ministerio de Cultura en España.

     De acuerdo con el principio de la distribución geográfica, ese puesto le correspondía a México, pero ya se imaginarán que así terminó mi incipiente y meteórica carrera como funcionario internacional.
    Me sentí aliviado, en realidad, pues yo no quería un puestazo sino sólo alguna chamba, como la de Cortázar o Aínsa.
     Entonces le debí pedir a Solana que me nombrara agregado cultura en alguna embajada, pero ya no recuerdo qué pasó y creo que luego dejó su cargo.

      Terminé luego mi artículo sobre las películas de Colón y se lo dediqué a Don Silvio, pues antes
ya me había apoyado para que enseñara en la Sorbonne.
    Yo era lector en la Universidad de Toulouse, debido a que Aguilar Mora, un compañero de estudios en el Colmex, me pidió que lo remplazara, y de ahí me quería pasar a París.
    Le escribí a tres profesores importante –Paul Verdevoye, Louis Urrutia  y Jacques Lafaye–, y los tres me contestaron interesados.
     El que tenía una vacante, sin embargo, era Lafaye, y Georges Baudot me sugirió que le escribiera al Dr. Zavala para que me apoyara, pues él sabía que Lafaye iba seguido a verlo  en la embajada.
      Entonces le informé que yo había estudiado en El Colegio de México, que estaba como lector en Toulouse, pero me quería ir a París, etcétera, y …asunto arreglado.

      No puedo por todo eso dejar de expresar mi gratitud al gran historiador y hombre generoso.  

domingo, 20 de octubre de 2013

Barrientos anuncia su nuevo libro, La gata revolcada


(Entrevista)  Rosa Friscione


Juan José Barrientos tiene un doctorado en literatura, ha sido un investigador en diversas instituciones, y ahora está recopilando una serie de ensayos y artículos que básicamente son reseñas de biografías y autobiografías. ¿No es así?
-El libro se titula La gata revolcada y es una recopilación de artículos y de reseñas que he escrito a lo largo de unos veinte años. Hay una reseña, por ejemplo, de 1982, que se publicó en la revista Vuelta, otras son muy recientes, incluso hay unas que no se han publicado todavía. Los artículos, algunos los leí como ponencias en congresos, luego se publicaron en revistas y ahora estoy tratando de reunir todo en un libro.
La mayor parte de estos artículos y reseñas tratan sobre biografías y autobiografías. Como tú sabes, uno de mis autores favoritos es Borges, el otro es Cortázar, y bueno, predominan en el libro los artículos y reseñas sobre estos autores, pero también hay una reseña de una biografía de Sábato y luego hay reseñas de algunas biografías un poco raras como el Anecdotario de Manuel José Othón de Artemio de Valle Arizpe, que es muy divertida. También están las Memorias de Helena Paz, la hija de Octavio Paz.
Como tú sabes, la biografía, la autobiografía, las memorias, son géneros que habían sido poco cultivados en español y en la literatura hispanoamericana faltan libros de este tipo, a diferencia de los países anglosajones donde es un género muy cultivado. Últimamente, sin embargo, quizá como una consecuencia del boom, que ha generado muchísimo interés en nuestros escritores, se ha dado un renacimiento de estos géneros con biografías y a veces también autobiografías de Borges, de García Márquez y otros escritores, y al mismo tiempo se presenta otro fenómeno que es una especie de democratización del género, porque antes se pensaba que para escribir una autobiografía o unas memorias uno tenía que haber hecho algo importante, no nada más cualquier persona se podía poner a escribir su vida porque la gente iba a decir “qué nos importa lo que haya vivido o lo que haya hecho, pero qué se cree este señor”. Se consideraba una cosa algo presuntuosa que alguien se pusiera a escribir sus memorias o su autobiografía. Sin embargo, es una necesidad muy profunda de todo ser humano que trata de entender su vida, que en un momento dado se pone a recordar, a recapitular, y tú ves que en los periódicos, como en [el] Diario de Xalapa, aparecen artículos sobre, digamos, “un viaje en ferrocarril de México a Xalapa en 1955”, escrito por alguien que conserva un recuerdo vívido y lo quiere compartir con otras personas, en fin ya sabes que los viejos quieren contar su vida pero los jóvenes no los quieren escuchar.

Oye, yo creo que no sólo los viejos. Yo no fui, pero algunas personas conocidas tomaron un curso de autobiografía, está como muy de moda en México, y todos eran menores de 30 años; es un género que se está cultivando mucho y sirve también como catarsis…
-Sí, es una especie de terapia. Recuerdo haber leído recientemente un libro en inglés, The stories we are, según el cual cada quien tiene una historia que contar, su propia historia, por supuesto, pero siempre hay momentos especiales; algún recuerdo que tú tienes, en fin, algún episodio de tu infancia, de la escuela, que te parece particularmente significativo.

Oye, Juan, ¿y tú ya escribiste tu autobiografía?
-No, pero he hecho algunos apuntes…

Y tienes cartas, yo supe de unas cartas por ahí. Las cartas son también una especie de autobiografía…
-Entra dentro de todo esto porque también el género epistolar es poco cultivado; la gente de nuestra generación se va a otros países pero rara vez escribe, si acaso una postal; nuestros padres, escribían más, eran más dados a contar sus experiencias por carta, todo esto se ha perdido con el correo electrónico, ya no está todo esto que rodea al género epistolar; la textura del papel, los sobres, los timbres que eran muy significativos, no es lo mismo que te llegue una carta con timbres que ya conoces a que te llegue uno de otro país con unos timbres raros, un matasellos, con otro tipo de papel, de otra forma.

La Firestone Library de la Universidad de Princeton


Pero cuéntanos de tus cartas…
-Por casualidad, me enteré que algunas cartas mías se encuentran en la Universidad de Princeton. Para mí fue una sorpresa. Hace unos meses tuve que revisar unos libros que un profesor alemán me había regalado sobre Julio Ramón Ribeyro, que fue amigo mío en París, y luego hice una búsqueda en la red, porque ya tenía como quince años que no sabía nada de ese colega; pensé que iba a encontrar su obituario, pero no, encontré una nota de que él había vendido toda su correspondencia a Princeton, lo que nada tiene de raro, porque había sido uno de los principales traductores al alemán, que tradujo obras de Vargas Llosa, de Ribeyro, de Manuel Puig, de Ernesto Sábato y de otros escritores importantes, por lo que mantuvo correspondencia con ellos, guardó sus cartas y al final, cuando se jubiló, le vendió todo a la Universidad de Princeton. Lo chistoso es que ahí debe haber habido como unas veinte o treinta cartas que yo le mandé a lo largo de unos 20 años, le mandaba una o dos cartas al año. De repente vas a un congreso, pasan cosas divertidas, quieres contárselas a alguien, pero no a todo el mundo le interesa, entonces él conocía a los amigos, colegas, etcétera. Fue una de las personas a las que lo escribí.

Y entonces él tuvo el buen tino de guardar estas cartas…
-Para mí es una especie de regalo, un regalo de despedida que me ha hecho este colega, pues ahora esas cartas que yo creía perdidas están con las de un crítico muy importante, José Miguel Oviedo, pero a diferencia de las cartas de Oviedo, las mías están a disposición de todo el mundo y las de Oviedo no. Hay una cláusula en el contrato de compra-venta que especifica que esas cartas sólo se podrán leer cuando Oviedo haya muerto. No antes. Imagínate los comentarios que guardará…

Yo creo que escribir cartas es muy importante porque vas plasmando momentos de la historia, como tú lo dijiste hace un rato “es tu historia”, pero no es tuya nada más porque está todo el contexto, todo el momento con las personas con quienes lo viviste, el lugar, la época y vas dejando un registro de lo que pasó…
-Desafortunadamente, hay mucha gente que las tira.

Es que, Juan, por otro lado, qué haces si se van llena y llena los cajones de cartas. ¿Qué haces con ellas? Las casas de ahora son pequeñas, ya no disponemos de esos áticos que había en las casas de los abuelos o el sótano. ¿Qué se hace ahora? Las guardas en un disco y guardas el disco…
-No sería lo mismo, porque perderían su materialidad que, como te decía yo, es muy importante. Lo importante de una carta no es sólo el texto sino también el papel, la tinta, porque una misma persona no tiene la misma letra en un momento que en otro, a veces una persona está escribiendo con angustia y su letra es muy diferente. Todo eso es significativo.

Y ahí están los grafólogos que pueden descifrar cada letra…
-Ahora el problema de las novelas epistolares es que las cartas te las convierten en un libro, como que las apachurran, las compactan, y todo es igual, cuando lo que se debería hacer es publicar facsimilares de las cartas. En vez de venderte un panqué de hojas de papel, sería mejor que te dieran un conjunto de cartas, y que tú las pudieras abrir y ver todos esos detalles.

Yo tengo uno con las cartas que le escribió Frida Kahlo a uno de sus amores, un pintor que no recuerdo su nombre, obviamente no era Diego, pero es un cofrecito con todas las cartas que tú puedes ver y guardar…
-¿Así están editados?
Así están editados.
-…Es precisamente la idea que te estaba yo comentando. Hace poco un investigador canadiense, bueno, no es canadiense, más bien es francés, pero vive en Canadá, Serge Zaitzeff, me contó que va a publicar todas las cartas de una americana que le escribió a Julio Torri, Miss Brown, que es un personaje también de alguno de sus textos. Él ya las reunió, tiene un estudio para representarlas y vino ahora a la Feria del Libro, al Palacio de Minería, para entrevistarse con su editor y posiblemente pronto tengamos un libro con estas cartas. Pero será un libro y no otra cosa…

¿Y cuándo piensas que va a salir tu libro para estar pendientes?
-Pues todavía no te lo puedo decir pero yo creo que saldrá en unos meses.

Entonces me avisas para que hablemos más de tu libro…
-Claro, ya habrá una presentación y esperamos que puedas asistir.


Originalmente publicado en el Suplemento Cultural “La Valquiria” de El Diario de Xalapa, el 11 de diciembre de 2005.

viernes, 18 de octubre de 2013

Impresiones de Argentina


 A principios de julio tuve que viajar a Buenos Aires para participar en un congreso sobre literatura. Me preocupaba una tarjeta VISA electrón para viajes que compré para pagar mi hotel y otros gastos, pues un colega me dijo que no había podido usar la de su banco, aunque había avisado que iba a viajar.
      Por suerte, la tarjeta funcionó, pero  por si acaso en el aeropuerto compré algunos dólares en billetes;  la tasa de cambio es de unos 5.3 o 5.4 pesos argentinos  por dólar, pero en algunas tiendas toman el dólar hasta en 10 pesos, si compra uno algo.
       Cuando llovió una tarde,  me compré un paraguas Pierre Cardin que costaba 80 pesos y pagué con un billete de diez dólares;  además, en un restaurante de la Av. 25 de mayo vi un pequeño letrero  (“Dólar, 7 pesos) y ahí comí tres veces. Pagaba con un billete de 20 dólares (140 pesos) y me daban el vuelto en pesos argentinos.
      

       Yo quería ver  el edificio art-déco en cuyo sexto piso vivió Borges,  la antigua Biblioteca Nacional, en la calle México, que dirigió, la Facultad de Filosofía y Letras que ahora ocupa la rectoría de la Universidad de Buenos Aires, la Fundación Borges,y  la librería “El Ateneo” que se encuentra en lo que fue un cine, el Gran Splendid, sobre la Avenida Santa Fe, y otros lugares como las Galerías Pacífico –algo así como el Palacio de Hierro del Zócalo en el Distrito Federal, etc.
       Como me fui unos días antes del congreso, salía yo a recorrer la ciudad, y después de una caminata buscaba un restaurant y luego iba a esa librería o a una sucursal que estaba en Florida más cerca de mi hotel.
       Hay varios rincones con sillones, donde uno puede hojear los libros, y ahí leí algunos ensayos de Lugares con genio, de Savater, dedicados a Borges y Buenos Aires, Neruda y Santiago, Kafka y Praga, Stevenson y Edimburgo y Octavio Paz y el Distrito Federal.   En fin, me eché casi todo el libro en los días que estuve allá.
       Sólo  compré un ejemplar de Borges y la física cuántica, de Alberto Rojo, publicado por Siglo XXI, y otro de Borges y la memoria, de Rodrigo Quian Quiroga,  un neurólogo, con un prólogo de Kodama.
     (Me acordé que hace años en Salamanca, Donald Yates me dijo que Borges le regaló unos apuntes de sicología de su padre, que incluían notas sobre la memoria y en los que seguro se basan “Funes, el memorioso” y “El Zahir”).


       La  comida en los restaurantes no es muy variada y revela cierta pobreza culinaria. La mayoría ofrecen un “bife de chorizo” –un corte parecido al rib eye—como plato principal y hay muchas pizzerías y establecimientos especializados en comida italiana.
        De lunes a viernes, se puede optar a mediodía por el “menú ejecutivo”  integrado por un plato principal, bebida – agua, gaseosa  o vino – y postre o café, cuyo precio va de 60 a 80 o 90 pesos argentinos.
         Por lo general, pedía merluza o pollo con “puré de calabaza o zapallo”, pues era la temporada, según me informaron, y eso comí en el Florida Garden, una confitería a la que iba seguido Borges.
        Las porciones, por cierto, son abundantes.
        Observé a una pareja muy acaramelada que devoraba un trozo de carne con papas y a una abuela  que se despachó con toda tranquilidad una pechuga de pollo doble.
         En un restaurante muy famoso – los 36 billares – pedí una suprema de pollo y creí que me
habían dado un muslo de ñandú.
       Las servilletas de los restaurantes parecen papel de China, y el papel higiénico también es de mala calidad, por lo que pude observar en varios lugares.
       Hay muchos billetes en circulación que se deberían retirar.
       Faltan letreros con nombres de las calles en las esquinas, lo cual es un problema cuando uno recorre Buenos Aires a pie.
       La gente me pareció en general muy amable y educada.
        La inseguridad es también un problema en Argentina, pues en la tele oí que tres individuos mataron a un hombre delante de su esposa embarazada y su pequeña hija para robarle el auto. Además, hay bandas dedicadas a despojar viejitos de sus viviendas.
      (La policía detuvo  a dos parejas de supuestos inquilinos que se habían instalado en la casa de un anciano jubilado, y se aclaró que lo habían matado a golpes ).
      El congreso se celebró en la Facultad de Derecho, un edificio enorme que recuerda el Partenón por las enormes columnas de la amplia fachada, y algunas sesiones se realizaron en la de Ingeniería, que parece un edificio inglés.
      Lo más memorable me parece una conferencia plenaria  sobre las editoriales que fundaron los refugiados españoles y , entre otras, dos interesantes ponencias sobre los Naufragios de Cabeza de Vaca y los Infortunios de Alonso Ramírez . También un recuento y comentarios de las reseñas de Rayuela. Yo participé en las asambleas y hablé con algunos colegas como Domnita Dumitrescu, que me contó que hace unos veinte años tuvo la Fullbright en Argentina y recorrió el país desde Bariloche a Salta y las cataratas de Iguazú.
       El embajador español ofreció una recepción en su residencia y hubo otros cocteles en Derecho.
       El viaje a Buenos Aires me resultó muy cansado, pues tuve que hacer una escala de 9 horas en Lima, donde por suerte pude descansar en el aeropuerto, que es muy limpio y seguro; el viaje de regreso  lo hice vía Santiago, donde la escala se redujo a menos de tres horas. Durante el tramo a México la comida – salmón, vino y un postre delicioso –me pareció mejor que la de Air France y Aeroméxico.

       Por cierto, en el congreso participó un buen número de colegas mexicanos y una profesora de Quintana Roo me contó que a ella su universidad le paga todos los gastos.