martes, 7 de febrero de 2012

Una tarántula inofensiva



Publicado en el N° 181 de la revista Tierra Adentro.

Hace unos años mi mujer recibió una herencia que nos permitió adquirir una antigua quinta  con un jardín bastante grande y, por si fuera poco, en el centro de Xalapa.

Desde luego, el jardín estaba bastante descuidado.
--¿Jardín?, me dijo alguien. Yo veo maleza.

La casa había estado desocupada durante varios años, porque el propietario se trasladó al Distrito Federal y se la rentó a unos franceses; luego estuvo desocupada.

Hubo que hacerle algunas reparaciones y pintarla de nuevo, pero logramos instalarnos poco antes de que empezara la temporada de lluvias.
Todo iba muy bien. La cocina tenía un ventanal hacia el jardín, así que nos podíamos dar el lujo de ver las alocasias  y unos árboles mientras preparábamos el café o lavábamos los platos.

Además, la casa de junto también tenía una especie de huerto con naranjos y esta casa limitaba con otra propiedad de las mismas dimensiones y de la cual emergía un árbol inmenso.

Todo tiene inconvenientes y poco a poco empezamos a descubrir los de nuestra casa.

Un hotel cercano tenía un aparato en la azotea que luego averiguamos enfriaba el aire acondicionado y emitía un zumbido intolerable.

Los técnicos del ayuntamiento nos informaron, sin embargo, que no rebasaba los límites permitidos, o sea que No se quejen.

El caso es que una noche me quedé viendo una película en la tele y luego me fui a dormir al estudio, donde hay un sofá cama, para no despertar a mi mujer, que se levanta temprano para ir a dar sus clases en la universidad ni a mi hija que prepara un recital y toca el piano todo el día.

 Yo no me podía dormir y decidí bajar a la cocina para calentarme un vaso de leche y tomarla con un chisguete de coñac.

Abajo, a la entrada, hay un medio baño junto a la escalera y después de la leche, entré para orinar, pero en seguida vi una tarántula.




Se hallaba en posición de ataque con las patas delanteras extendidas hacia delante, lo que le daba un aspecto impresionante.

Apagué la luz y cerré la puerta, procurando no hacer ruido.

Me apresuré a la cocina donde busqué un trapo; lo mojé un poco y volví al baño. Prendí la luz y abrí la puerta.

La tarántula no había cambiado de posición. Le arrojé encima el trapo, como si fuera una red y volví a cerrar la puerta. Volví a la cocina y esta vez abrí la puerta que da al pasillo donde se encuentra el lavadero y busqué debajo un frasco de vidrio que había dejado ahí…

Volví al baño y le fui quitando el trapo mojado a la tarántula. En cuanto vi sus pelos, le puse el frasco encima y acabé de retirar el trapo. Después, entré al cuarto de la lavadora y le quité  la tapa a una revista, que deslicé  por debajo de las patas del bicho.

Luego le di vuelta al frasco y le coloqué la tapa de rosca. En seguida, busqué la caja de las herramientas y con un martillo y un desarmador le hice
agujeros a la tapa para que le entrara aire a la araña.

Después, coloqué el frasco en una reja de madera que estaba en la cochera y en una hoja escribí “Atrapé una tarántula” y dejé el mensaje sobre la mesa del comedor para que Catherine lo viera cuando bajara a prepararse café. Luego me fui a dormir.

Al día siguiente, pude ver que la tarántula que me había parecido negra, a la luz del día tenía el color del vino y en el abdomen tenía pelillos rojizos más claros. Una belleza, en fin.

Me puse a investigar en la red y así logré averiguar que los campesinos que las capturan sólo obtienen unos veinte pesos por ejemplar, pero en algunas tiendas de mascotas de Alemania o Inglaterra se llegan a cotizar hasta en ochocientos euros.

Por un momento pensé que podría financiar mis viajes exportando bichos, pero luego encontré una nota sobre una tarántula que provocó el pánico en la Ostbahnhof de Berlín al escapar de una bolsa que un joven había olvidado en el tren  y luego recuperó en la oficina de Objetos perdidos.

También leí otra nota sobre una maleta decomisada en  la que alguien llevaba  diez tarántulas, cuatro arañas “polleras” dos plataneras y una viuda negra metidas en cajitas,  y según esta nota todas ellas son venenosas y su picadura es mortal.
Me acordé entonces de Yolanda, la hija del director de la sinfónica, que se casó con un violinista y regresó de su luna de miel en Haití con una tarántula peluda que mantenía en una pequeña jaula.

(Como se imaginarán, el matrimonio no duró mucho).
Por la tarde, le mostré la tarántula a un vecino conocido en el barrio por mantener un herpetario en la azotea de su casa. Las víboras escapaban a veces y huían por la calle.

--Mátala, me dijo, es peligrosísima.

Me aseguró que a un abogado le cayó una  tarántula en la cabeza y el veneno le ocasionó una especie de gangrena.

--Ha de haber sido otra araña, le dije.

Un amigo que vivía en la parte baja de la ciudad me había contado que una tarde oyó a sus hijas gritar en el corredor del primer piso. Al salir a ver qué pasaba, vio una tarántula que corría por  el suelo e instintivamente la echó al patio de una patada.

Su esposa también había oído los gritos de sus hijas y cuando salió al patio a ver qué pasaba, la tarántula le cayó en la cabeza.

Nos reímos y nunca supe qué pasó luego, pero estas araña son muy frágiles.
Volviendo a mi tarántula, por la información que encontré en la red calculé que debía tener unos veinte años, es  decir que ya era una criatura muy digna de respeto.

Mi hija, en todo caso, se opuso a que la matara.

“Karel nunca nos perdonaría, si se entera”, me aseguró. Karel es un oboísta que toca con la Filarmónica de Querétaro y tuvo como mascota a una tarántula.
Al volver una noche a su apartamento no encontró al bicho en una especie de pecera donde la mantenía encerrada y tuvo que ponerse a buscarla. Finalmente, la encontró en su cama, entre las sábanas y almohadas.

“Por suerte no me acosté encima de ella”, comentó, “pues hubiera dejado una nube de pelillos urticantes”. Me aseguró luego que la tarántula era inofensiva y sugirió que la liberara en un parque – Los Tecajetes -- que no está lejos de la casa y donde a veces voy a caminar.

Me acordé entonces de una película de James Bond donde le echan una tarántula en la cama.

--Si fueran inofensivas, razoné, ¿para qué se la echaron?

Por eso preferí llevarla a otro parque.


NOTA
Los interesados en el tema, pueden leer las siguientes notas:
“Tarántulas ticas llegaron a tienda en Alemania”
http://mascotass.com/cuida-tu-tarantula.html
No hay que olvidar además algunos cuentos:
“La migala” de Arreola.
 y “Anita” de Juan José Hernández, publicado en El inocente y en
en la antología La Señorita Estrella y Otros Cuentos.


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