martes, 4 de diciembre de 2012

Postales

El Paso, Texas (1961)


Cuando estaba en la Prepa, aproveché unas vacaciones para visitar a mi padre, que vivía entonces en Ciudad Juárez con su tercera esposa, unos diecisiete años menor que él, y sus tres hijas, Julia, Raquel y Margie.
Inmediatamente me tramitó una tarjeta para que pudiera yo cruzar la frontera y visitar El Paso, pues desde Juárez se veían unas montañas y un funicular, y yo quería ir a verlas. Además, había un tranvía que cruzaba la frontera, y yo al principio me tenía que bajar antes de que pasara el puente.

Cuando finalmente pude visitar el país vecino me di cuenta de que había una high school imponente.

En algún lugar del edificio me detuve a ver un muro con los nombres de los alumnos o ex alumnos que habían caído en la primera y la segunda guerras mundiales.
Me dirigí a la administración para preguntar si podía visitar la escuela y me asignaron como guía a un muchacho originario de Cuba, Sergio Einstein.
Einstein me contó que sus padres eran judíos y habían emigrado de Rusia hacia Polonia,
huyendo del comunismo, pero luego tuvieron que refugiarse en Cuba, huyendo de los rusos, y finalmente se trasladaron a Tejas, cuando Castro tomó el poder en la isla.
“Ahora falta que la revolución estalle en Gringolandia”, le escribí a Memo, uno de mis amigos.
Einstein me mostró los laboratorios y todo el edificio. Nos asomamos a un salón donde un profesor impartía su clase y recuerdo que en el pizarrón había escrito tres nombres: Bakunin, Tchernichewsky, Tkashev.
Me impresionó que en una high school de los Estados Unidos se hablara del anarquismo y que eso fuera parte del programa de un curso, pues en la secundaria donde yo había estudiado y en el Colegio Preparatorio nadie mencionó nunca ni a Karl Marx.
El profesor de historia – Clark Kent -- una vez se entretuvo hablándome de un libro que había leído en esos días sobre Joel R. Poinsett, a quien su padre consideraba un bueno para nada, un verdadero haragán, y que luego se convirtió en una especie de agente de la C.I.A., que llegó a México con una misión muy clara – desmantelar el imperio de pacotilla de Agustín de Iturbide --, y la cumplió en seguida, pues se trasladó a Xalapa y “convenció” a D. Antonio López de Santa Anna de que era mejor una república y que él podría ser el presidente.
“Qué buena idea”, me imagino que debe haber pensado Santa Anna.”Nunca se me hubiera ocurrido”.
Del comunismo, en cambio, creo que nunca oí hablar en ningún curso y menos del anarquismo.
La noticia de que un mexicano se hallaba de visita en la high school se difundió rápidamente y pronto me vi rodeado de muchachos que me querían saludar.
--Tengo sangre azteca,  me dijo amistosamente un chico que hubiera yo tomado por un gringo.

Todos fueron muy amables conmigo.

También vivía en Juárez mi tío Paco Barrientos, que cuando era yo niño pasaba de vez en cuando a verme y a platicar con mi mamá.
Su esposa se llamaba Consuelo y varias veces la acompañé de compras a El Paso.
“Estudia lo que quieras”, me dijo ella. “Incluso puedes estudiar Oceanografía, como mi sobrina, pero lo único que te pido es que no te vayas a meter a Filosofía y Letras”.
“Esa gente no sirve para nada”, me aseguró.
De mis hermanitas, Raquel y Julia (o Julie) viven en El Paso, y Margie, que  es la que se parece más a mi padre,  es fotógrafa, estudió e imparte algunos cursos en una universidad cerca de Toronto, pues se casó con un canadiense. Hace poco vi su página en la red, pero no la he podido encontrar de nuevo y no copié la foto. Por eso sólo tengo unas fotos de cuando era niña, que me regaló su mamá.

Publicado en el Diario de Xalapa, el domingo 2 de diciembre 2012.