jueves, 21 de febrero de 2013

De Huichila y otros lugares

Durante unos años mi madre trabajó como maestra rural, debido a que un funcionario le ofreció un interinato; ella sólo había ido a la Dirección General de Educación en Xalapa acompañando a una amiga, pero el hombre le preguntó si también quería un empleo temporal y le pidió algunos papeles que ella consiguió sin problemas.
   Así conoció varios pueblos de la región, pero sobre todo se acordaba de Huichila, porque al llegar se dio cuenta de que la escuela estaba al pie de un cerro imponente, que daba la impresión de que en cualquier momento se iba a derrumbar sobre el edificio.
    De buena gana se hubiera regresado a Xalapa, pero no quería quedar mal con el funcionario mencionado  quien seguro no volvería a darle otro empleo si lo dejaba, y así se resignó a impartir sus clases a esos chicos que le parecían condenados a desaparecer bajo el inminente derrumbe.
   Durante un rato ella daba sus clases y se olvidaba  del peligro, pero a veces se acordaba del cerro y se asomaba a la ventana para contemplar la inmensa mole que se elevaba en el exterior… y se volvía a meter, aterrada.
   Por fin, terminó su interinato y con alivio se alejó de aquel pueblo.
   Siempre creyó que alguna vez leería en los periódicos que el cerro había sepultado a la escuela y a todo el caserío, pero hasta la fecha eso no ha ocurrido.
    A ese lugar, por cierto, me llevó y también a su abuela para que me cuidara. Yo no recuerdo nada, porque aún no cumplía un año, pero me dijo que me alimentaban con leche de cabra que le daban los lugareños, y ella también la había tomado de niña.
   Antes de eso, cubrió un interinato en la hacienda de Tuzamapan, donde tuvo como compañera de cuarto a una joven de origen italiano que se apellidaba Tremaris.
   Mi madre notó que cuando creía que nadie la veía los ojos se le llenaban de lágrimas. Y le preguntó qué le pasaba.
   “Pedí mi traslado a tierra caliente por mi madre”, le dijo, “porque estaba enferma del corazón y los médicos recomendaron que se fuera a un lugar más bajo, pero tardaron tanto en darme el cambio que mi madre ya falleció”.
   A Tuzamapan mi madre iba en tren, pero a San Antonio Tlalnehuayocan viajaba en autobús y regresaba el mismo día y ahí también enseñaba el hijo de un funcionario, al que le permitían presentar los exámenes de la Normal y así se tituló.
   De lo que sí me acuerdo es que vivimos una temporada en la hacienda de la Orduña cerca de Coatepec y que también la acompañó Mamá Rosa, mi bisabuela.
   En San Pablo Coapa estuvo años después, cuando yo ya  iba a la escuela, y ahí pasaba la semana, pero el viernes regresaba a Xalapa y como las personas que la llevaban en una camioneta se retrasaban a veces, ella se iba caminando hasta Coacoatzintla para tomar el autobús.
   “Atravesaba los potreros, donde pastaban las vacas, y tenía que deslizarme entre las cercas con alambres de púas”, me contaba.
   Por suerte, nunca le pasó nada, pero en Xalapa, la profesora Otilia, que me daba clases, le dijo que yo no iba a la escuela, que nadie me mandaba cuando ella no estaba.
    Era muy joven –apenas iba a cumplir 19 años cuando nací– y me imagino que no ganaba mucho con esos interinatos, pero tampoco tenía mayores necesidades, porque vivíamos con mis abuelos y mis tíos en un caserón que habían  heredado de su abuelo, Teófilo Marín.


   Desde la calle, se veía como una casona muy austera, pero el zaguán desembocaba en un corredor y un  patio de piedra labrada rodeado por pasillos y los pretiles estaban cubiertos de macetas rojas; había jaulas con jilgueros y otros pájaros y tiestos con matalín y otras plantas que colgaban de las paredes.
   Más allá del patio había un traspatio con árboles y algunos cobertizos para caballos y perros.
   El abuelo había comprado esa casa y la puso a nombre de los tres nietos que tenía entonces, mi madre, mi tía Clara y mi tío David, para  evitar que en algún momento de apuro se vendiera.
   En esa forma protegió a sus descendientes, que si no fuera por esa casa, no sé qué hubiera sido de todos ellos.
   Me gustaba ver llover cuando el cielo se precipitaba sobre el patio y el agua muchas veces inundaba el corredor y bajaba por el zaguán hacia la calle.
   Había una gata, la Pituca, que se me restregaba en las piernas.

   Publicado en el Diario de Xalapa el martes 22 de enero de 2013.

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