lunes, 13 de mayo de 2013

Princeton (1967)

En 1967 estuve unos días en Princeton, porque conocía a un estudiante que había pasado como un año en Xalapa antes de irse a estudiar ahí.
Nada me hubiera gustado tanto como estudiar en alguna de esas universidades con sus edificios cubiertos de hiedra y sus tradiciones. Por eso le escribí a este amigo y en cuanto pude pasé a Princeton.
El día que llegué él se iba a Fort Bliss, cerca de El Paso, Texas, para aprender vietnamés, pero me dijo que me podía quedar en su habitación y un compañero suyo me atendería.
Esa noche fuimos a cenar al King’s inn, la posada del rey, donde supuestamente se alojó Washington durante la guerra de Independencia, y recuerdo que el estudiante que me iba a atender, Tom Drury, pidió una lasaña y se la empezó a comer metódicamente, como todo lo que hacía. La lasaña se servía en un molde de barro rectangular y lo primero que hizo Tom fue trazar una línea horizontal a lo largo de la lasaña y empezó a comerse la parte más cercana de derecha a izquierda; al terminar esa porción le daba vuelta al molde y se comía el resto, también de derecha a izquierda. Los otros estudiantes, que lo conocían muy bien, le revolvían la lasaña con sus tenedores.
Ese mismo año volví a Princeton en septiembre y me alojé en el apartamento que Drury había rentado con otros estudiantes –en realidad parte de la casa de una familia de origen italiano, pues casi todos los habitantes del pueblo eran originarios del Piamonte. Entonces pude observar que Tom tenía un libretita donde anotaba todos sus gastos meticulosamente con una letra diminuta.
Durante los días siguientes a mi primera visita –me quedé unos cinco días–, almorcé en el comedor de la universidad, pero era obligatorio usar toga, y la que me prestó Tom Drury me quedaba bastante grande, por lo que tenía que alzarla un poco con una mano; con la otra, empujaba la charola, donde me iban colocando los platos y bebidas elegidos. No sé cómo me las arreglé para caminar con la charola hasta una mesa y alzar al mismo tiempo la toga.
La segunda vez que estuve ahí logré conocer a Carmen, una belleza portorriqueña que era la única estudiante en el Departamento de Lenguas Romances.
Princeton era una universidad para hombres –como Harvard y Yale– y había otras universidades tradicionalmente reservadas a las mujeres, como Sarah Lawrence, pero en los sesentas se integraron.
Posteriormente, perdí contacto con Tom Drury, y ,aunque lo he buscado en la red, no lo he localizado.
Sólo vi que Carmen enseñaba en la Universidad de las Islas Vírgenes.
En esos años yo estudiaba en El Colegio de México donde tomé un curso con James Irby, que había hecho su tesis de doctorado sobre Borges y enseñaba en Princeton.
Mi proyecto era enseñar en alguna de esas universidades y desde ahí viajar por el ancho mundo.
Princeton se encuentra a sólo una hora y cuarto en autobús de Manhattan, y aproveché la oportunidad para echarle un ojo a la ciudad de los rascacielos.
En el Battery Park tomaba el ferry a Staten Island y podía ver los edificios desde el mar. 
Recuerdo un atardecer espléndido y a unas alegres portorriqueñas y/o cubanas que me recordaron un verso de López Velarde: “entre gritos y risas de muchachas”.
También recuerdo haber subido a la estatua de la libertad, que se encuentra en otra isla, y visité los claustros, un parque al norte de Manhattan donde se encuentra una abadía que alguien compró en Europa.
Por supuesto, comí en el barrio chino
También hice algunas compras, pues Tom me dio las coordenadas de una tienda en la calle 42 donde podía comprarme unos zapatos como los suyos y desde entonces empecé usar camisas Oxford –azul claro con botones en el cuello y de un tejido de algodón especial.
¿Chicas?
La segunda vez que estuve en Nueva York conocí a una japonesa muy linda llamada Natsuko Araki, cuya hermana mayor estaba casada con un gringo, y ella había ido a visitarla.
Yo la invité a una discoteca muy famosa, The electric Circus, que combinaba un espectáculo circense –tragafuegos, malabaristas, trapecistas, etc.– con música y luces intermitentes.
Todo muy excitante, pero en ese momento me alojaba en la YMCA, donde no dejan entrar sino a los huéspedes, por lo que sólo conservo un verdadero caleidoscopio de sus imágenes en el tumultuoso asiento trasero del taxi en que la fui a dejar.


Publicado en el Diario de Xalapa el 22 de mayo de 2012

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