domingo, 20 de octubre de 2013

Barrientos anuncia su nuevo libro, La gata revolcada


(Entrevista)  Rosa Friscione


Juan José Barrientos tiene un doctorado en literatura, ha sido un investigador en diversas instituciones, y ahora está recopilando una serie de ensayos y artículos que básicamente son reseñas de biografías y autobiografías. ¿No es así?
-El libro se titula La gata revolcada y es una recopilación de artículos y de reseñas que he escrito a lo largo de unos veinte años. Hay una reseña, por ejemplo, de 1982, que se publicó en la revista Vuelta, otras son muy recientes, incluso hay unas que no se han publicado todavía. Los artículos, algunos los leí como ponencias en congresos, luego se publicaron en revistas y ahora estoy tratando de reunir todo en un libro.
La mayor parte de estos artículos y reseñas tratan sobre biografías y autobiografías. Como tú sabes, uno de mis autores favoritos es Borges, el otro es Cortázar, y bueno, predominan en el libro los artículos y reseñas sobre estos autores, pero también hay una reseña de una biografía de Sábato y luego hay reseñas de algunas biografías un poco raras como el Anecdotario de Manuel José Othón de Artemio de Valle Arizpe, que es muy divertida. También están las Memorias de Helena Paz, la hija de Octavio Paz.
Como tú sabes, la biografía, la autobiografía, las memorias, son géneros que habían sido poco cultivados en español y en la literatura hispanoamericana faltan libros de este tipo, a diferencia de los países anglosajones donde es un género muy cultivado. Últimamente, sin embargo, quizá como una consecuencia del boom, que ha generado muchísimo interés en nuestros escritores, se ha dado un renacimiento de estos géneros con biografías y a veces también autobiografías de Borges, de García Márquez y otros escritores, y al mismo tiempo se presenta otro fenómeno que es una especie de democratización del género, porque antes se pensaba que para escribir una autobiografía o unas memorias uno tenía que haber hecho algo importante, no nada más cualquier persona se podía poner a escribir su vida porque la gente iba a decir “qué nos importa lo que haya vivido o lo que haya hecho, pero qué se cree este señor”. Se consideraba una cosa algo presuntuosa que alguien se pusiera a escribir sus memorias o su autobiografía. Sin embargo, es una necesidad muy profunda de todo ser humano que trata de entender su vida, que en un momento dado se pone a recordar, a recapitular, y tú ves que en los periódicos, como en [el] Diario de Xalapa, aparecen artículos sobre, digamos, “un viaje en ferrocarril de México a Xalapa en 1955”, escrito por alguien que conserva un recuerdo vívido y lo quiere compartir con otras personas, en fin ya sabes que los viejos quieren contar su vida pero los jóvenes no los quieren escuchar.

Oye, yo creo que no sólo los viejos. Yo no fui, pero algunas personas conocidas tomaron un curso de autobiografía, está como muy de moda en México, y todos eran menores de 30 años; es un género que se está cultivando mucho y sirve también como catarsis…
-Sí, es una especie de terapia. Recuerdo haber leído recientemente un libro en inglés, The stories we are, según el cual cada quien tiene una historia que contar, su propia historia, por supuesto, pero siempre hay momentos especiales; algún recuerdo que tú tienes, en fin, algún episodio de tu infancia, de la escuela, que te parece particularmente significativo.

Oye, Juan, ¿y tú ya escribiste tu autobiografía?
-No, pero he hecho algunos apuntes…

Y tienes cartas, yo supe de unas cartas por ahí. Las cartas son también una especie de autobiografía…
-Entra dentro de todo esto porque también el género epistolar es poco cultivado; la gente de nuestra generación se va a otros países pero rara vez escribe, si acaso una postal; nuestros padres, escribían más, eran más dados a contar sus experiencias por carta, todo esto se ha perdido con el correo electrónico, ya no está todo esto que rodea al género epistolar; la textura del papel, los sobres, los timbres que eran muy significativos, no es lo mismo que te llegue una carta con timbres que ya conoces a que te llegue uno de otro país con unos timbres raros, un matasellos, con otro tipo de papel, de otra forma.

La Firestone Library de la Universidad de Princeton


Pero cuéntanos de tus cartas…
-Por casualidad, me enteré que algunas cartas mías se encuentran en la Universidad de Princeton. Para mí fue una sorpresa. Hace unos meses tuve que revisar unos libros que un profesor alemán me había regalado sobre Julio Ramón Ribeyro, que fue amigo mío en París, y luego hice una búsqueda en la red, porque ya tenía como quince años que no sabía nada de ese colega; pensé que iba a encontrar su obituario, pero no, encontré una nota de que él había vendido toda su correspondencia a Princeton, lo que nada tiene de raro, porque había sido uno de los principales traductores al alemán, que tradujo obras de Vargas Llosa, de Ribeyro, de Manuel Puig, de Ernesto Sábato y de otros escritores importantes, por lo que mantuvo correspondencia con ellos, guardó sus cartas y al final, cuando se jubiló, le vendió todo a la Universidad de Princeton. Lo chistoso es que ahí debe haber habido como unas veinte o treinta cartas que yo le mandé a lo largo de unos 20 años, le mandaba una o dos cartas al año. De repente vas a un congreso, pasan cosas divertidas, quieres contárselas a alguien, pero no a todo el mundo le interesa, entonces él conocía a los amigos, colegas, etcétera. Fue una de las personas a las que lo escribí.

Y entonces él tuvo el buen tino de guardar estas cartas…
-Para mí es una especie de regalo, un regalo de despedida que me ha hecho este colega, pues ahora esas cartas que yo creía perdidas están con las de un crítico muy importante, José Miguel Oviedo, pero a diferencia de las cartas de Oviedo, las mías están a disposición de todo el mundo y las de Oviedo no. Hay una cláusula en el contrato de compra-venta que especifica que esas cartas sólo se podrán leer cuando Oviedo haya muerto. No antes. Imagínate los comentarios que guardará…

Yo creo que escribir cartas es muy importante porque vas plasmando momentos de la historia, como tú lo dijiste hace un rato “es tu historia”, pero no es tuya nada más porque está todo el contexto, todo el momento con las personas con quienes lo viviste, el lugar, la época y vas dejando un registro de lo que pasó…
-Desafortunadamente, hay mucha gente que las tira.

Es que, Juan, por otro lado, qué haces si se van llena y llena los cajones de cartas. ¿Qué haces con ellas? Las casas de ahora son pequeñas, ya no disponemos de esos áticos que había en las casas de los abuelos o el sótano. ¿Qué se hace ahora? Las guardas en un disco y guardas el disco…
-No sería lo mismo, porque perderían su materialidad que, como te decía yo, es muy importante. Lo importante de una carta no es sólo el texto sino también el papel, la tinta, porque una misma persona no tiene la misma letra en un momento que en otro, a veces una persona está escribiendo con angustia y su letra es muy diferente. Todo eso es significativo.

Y ahí están los grafólogos que pueden descifrar cada letra…
-Ahora el problema de las novelas epistolares es que las cartas te las convierten en un libro, como que las apachurran, las compactan, y todo es igual, cuando lo que se debería hacer es publicar facsimilares de las cartas. En vez de venderte un panqué de hojas de papel, sería mejor que te dieran un conjunto de cartas, y que tú las pudieras abrir y ver todos esos detalles.

Yo tengo uno con las cartas que le escribió Frida Kahlo a uno de sus amores, un pintor que no recuerdo su nombre, obviamente no era Diego, pero es un cofrecito con todas las cartas que tú puedes ver y guardar…
-¿Así están editados?
Así están editados.
-…Es precisamente la idea que te estaba yo comentando. Hace poco un investigador canadiense, bueno, no es canadiense, más bien es francés, pero vive en Canadá, Serge Zaitzeff, me contó que va a publicar todas las cartas de una americana que le escribió a Julio Torri, Miss Brown, que es un personaje también de alguno de sus textos. Él ya las reunió, tiene un estudio para representarlas y vino ahora a la Feria del Libro, al Palacio de Minería, para entrevistarse con su editor y posiblemente pronto tengamos un libro con estas cartas. Pero será un libro y no otra cosa…

¿Y cuándo piensas que va a salir tu libro para estar pendientes?
-Pues todavía no te lo puedo decir pero yo creo que saldrá en unos meses.

Entonces me avisas para que hablemos más de tu libro…
-Claro, ya habrá una presentación y esperamos que puedas asistir.


Originalmente publicado en el Suplemento Cultural “La Valquiria” de El Diario de Xalapa, el 11 de diciembre de 2005.

viernes, 18 de octubre de 2013

Impresiones de Argentina


 A principios de julio tuve que viajar a Buenos Aires para participar en un congreso sobre literatura. Me preocupaba una tarjeta VISA electrón para viajes que compré para pagar mi hotel y otros gastos, pues un colega me dijo que no había podido usar la de su banco, aunque había avisado que iba a viajar.
      Por suerte, la tarjeta funcionó, pero  por si acaso en el aeropuerto compré algunos dólares en billetes;  la tasa de cambio es de unos 5.3 o 5.4 pesos argentinos  por dólar, pero en algunas tiendas toman el dólar hasta en 10 pesos, si compra uno algo.
       Cuando llovió una tarde,  me compré un paraguas Pierre Cardin que costaba 80 pesos y pagué con un billete de diez dólares;  además, en un restaurante de la Av. 25 de mayo vi un pequeño letrero  (“Dólar, 7 pesos) y ahí comí tres veces. Pagaba con un billete de 20 dólares (140 pesos) y me daban el vuelto en pesos argentinos.
      

       Yo quería ver  el edificio art-déco en cuyo sexto piso vivió Borges,  la antigua Biblioteca Nacional, en la calle México, que dirigió, la Facultad de Filosofía y Letras que ahora ocupa la rectoría de la Universidad de Buenos Aires, la Fundación Borges,y  la librería “El Ateneo” que se encuentra en lo que fue un cine, el Gran Splendid, sobre la Avenida Santa Fe, y otros lugares como las Galerías Pacífico –algo así como el Palacio de Hierro del Zócalo en el Distrito Federal, etc.
       Como me fui unos días antes del congreso, salía yo a recorrer la ciudad, y después de una caminata buscaba un restaurant y luego iba a esa librería o a una sucursal que estaba en Florida más cerca de mi hotel.
       Hay varios rincones con sillones, donde uno puede hojear los libros, y ahí leí algunos ensayos de Lugares con genio, de Savater, dedicados a Borges y Buenos Aires, Neruda y Santiago, Kafka y Praga, Stevenson y Edimburgo y Octavio Paz y el Distrito Federal.   En fin, me eché casi todo el libro en los días que estuve allá.
       Sólo  compré un ejemplar de Borges y la física cuántica, de Alberto Rojo, publicado por Siglo XXI, y otro de Borges y la memoria, de Rodrigo Quian Quiroga,  un neurólogo, con un prólogo de Kodama.
     (Me acordé que hace años en Salamanca, Donald Yates me dijo que Borges le regaló unos apuntes de sicología de su padre, que incluían notas sobre la memoria y en los que seguro se basan “Funes, el memorioso” y “El Zahir”).


       La  comida en los restaurantes no es muy variada y revela cierta pobreza culinaria. La mayoría ofrecen un “bife de chorizo” –un corte parecido al rib eye—como plato principal y hay muchas pizzerías y establecimientos especializados en comida italiana.
        De lunes a viernes, se puede optar a mediodía por el “menú ejecutivo”  integrado por un plato principal, bebida – agua, gaseosa  o vino – y postre o café, cuyo precio va de 60 a 80 o 90 pesos argentinos.
         Por lo general, pedía merluza o pollo con “puré de calabaza o zapallo”, pues era la temporada, según me informaron, y eso comí en el Florida Garden, una confitería a la que iba seguido Borges.
        Las porciones, por cierto, son abundantes.
        Observé a una pareja muy acaramelada que devoraba un trozo de carne con papas y a una abuela  que se despachó con toda tranquilidad una pechuga de pollo doble.
         En un restaurante muy famoso – los 36 billares – pedí una suprema de pollo y creí que me
habían dado un muslo de ñandú.
       Las servilletas de los restaurantes parecen papel de China, y el papel higiénico también es de mala calidad, por lo que pude observar en varios lugares.
       Hay muchos billetes en circulación que se deberían retirar.
       Faltan letreros con nombres de las calles en las esquinas, lo cual es un problema cuando uno recorre Buenos Aires a pie.
       La gente me pareció en general muy amable y educada.
        La inseguridad es también un problema en Argentina, pues en la tele oí que tres individuos mataron a un hombre delante de su esposa embarazada y su pequeña hija para robarle el auto. Además, hay bandas dedicadas a despojar viejitos de sus viviendas.
      (La policía detuvo  a dos parejas de supuestos inquilinos que se habían instalado en la casa de un anciano jubilado, y se aclaró que lo habían matado a golpes ).
      El congreso se celebró en la Facultad de Derecho, un edificio enorme que recuerda el Partenón por las enormes columnas de la amplia fachada, y algunas sesiones se realizaron en la de Ingeniería, que parece un edificio inglés.
      Lo más memorable me parece una conferencia plenaria  sobre las editoriales que fundaron los refugiados españoles y , entre otras, dos interesantes ponencias sobre los Naufragios de Cabeza de Vaca y los Infortunios de Alonso Ramírez . También un recuento y comentarios de las reseñas de Rayuela. Yo participé en las asambleas y hablé con algunos colegas como Domnita Dumitrescu, que me contó que hace unos veinte años tuvo la Fullbright en Argentina y recorrió el país desde Bariloche a Salta y las cataratas de Iguazú.
       El embajador español ofreció una recepción en su residencia y hubo otros cocteles en Derecho.
       El viaje a Buenos Aires me resultó muy cansado, pues tuve que hacer una escala de 9 horas en Lima, donde por suerte pude descansar en el aeropuerto, que es muy limpio y seguro; el viaje de regreso  lo hice vía Santiago, donde la escala se redujo a menos de tres horas. Durante el tramo a México la comida – salmón, vino y un postre delicioso –me pareció mejor que la de Air France y Aeroméxico.

       Por cierto, en el congreso participó un buen número de colegas mexicanos y una profesora de Quintana Roo me contó que a ella su universidad le paga todos los gastos.