viernes, 18 de octubre de 2013

Impresiones de Argentina


 A principios de julio tuve que viajar a Buenos Aires para participar en un congreso sobre literatura. Me preocupaba una tarjeta VISA electrón para viajes que compré para pagar mi hotel y otros gastos, pues un colega me dijo que no había podido usar la de su banco, aunque había avisado que iba a viajar.
      Por suerte, la tarjeta funcionó, pero  por si acaso en el aeropuerto compré algunos dólares en billetes;  la tasa de cambio es de unos 5.3 o 5.4 pesos argentinos  por dólar, pero en algunas tiendas toman el dólar hasta en 10 pesos, si compra uno algo.
       Cuando llovió una tarde,  me compré un paraguas Pierre Cardin que costaba 80 pesos y pagué con un billete de diez dólares;  además, en un restaurante de la Av. 25 de mayo vi un pequeño letrero  (“Dólar, 7 pesos) y ahí comí tres veces. Pagaba con un billete de 20 dólares (140 pesos) y me daban el vuelto en pesos argentinos.
      

       Yo quería ver  el edificio art-déco en cuyo sexto piso vivió Borges,  la antigua Biblioteca Nacional, en la calle México, que dirigió, la Facultad de Filosofía y Letras que ahora ocupa la rectoría de la Universidad de Buenos Aires, la Fundación Borges,y  la librería “El Ateneo” que se encuentra en lo que fue un cine, el Gran Splendid, sobre la Avenida Santa Fe, y otros lugares como las Galerías Pacífico –algo así como el Palacio de Hierro del Zócalo en el Distrito Federal, etc.
       Como me fui unos días antes del congreso, salía yo a recorrer la ciudad, y después de una caminata buscaba un restaurant y luego iba a esa librería o a una sucursal que estaba en Florida más cerca de mi hotel.
       Hay varios rincones con sillones, donde uno puede hojear los libros, y ahí leí algunos ensayos de Lugares con genio, de Savater, dedicados a Borges y Buenos Aires, Neruda y Santiago, Kafka y Praga, Stevenson y Edimburgo y Octavio Paz y el Distrito Federal.   En fin, me eché casi todo el libro en los días que estuve allá.
       Sólo  compré un ejemplar de Borges y la física cuántica, de Alberto Rojo, publicado por Siglo XXI, y otro de Borges y la memoria, de Rodrigo Quian Quiroga,  un neurólogo, con un prólogo de Kodama.
     (Me acordé que hace años en Salamanca, Donald Yates me dijo que Borges le regaló unos apuntes de sicología de su padre, que incluían notas sobre la memoria y en los que seguro se basan “Funes, el memorioso” y “El Zahir”).


       La  comida en los restaurantes no es muy variada y revela cierta pobreza culinaria. La mayoría ofrecen un “bife de chorizo” –un corte parecido al rib eye—como plato principal y hay muchas pizzerías y establecimientos especializados en comida italiana.
        De lunes a viernes, se puede optar a mediodía por el “menú ejecutivo”  integrado por un plato principal, bebida – agua, gaseosa  o vino – y postre o café, cuyo precio va de 60 a 80 o 90 pesos argentinos.
         Por lo general, pedía merluza o pollo con “puré de calabaza o zapallo”, pues era la temporada, según me informaron, y eso comí en el Florida Garden, una confitería a la que iba seguido Borges.
        Las porciones, por cierto, son abundantes.
        Observé a una pareja muy acaramelada que devoraba un trozo de carne con papas y a una abuela  que se despachó con toda tranquilidad una pechuga de pollo doble.
         En un restaurante muy famoso – los 36 billares – pedí una suprema de pollo y creí que me
habían dado un muslo de ñandú.
       Las servilletas de los restaurantes parecen papel de China, y el papel higiénico también es de mala calidad, por lo que pude observar en varios lugares.
       Hay muchos billetes en circulación que se deberían retirar.
       Faltan letreros con nombres de las calles en las esquinas, lo cual es un problema cuando uno recorre Buenos Aires a pie.
       La gente me pareció en general muy amable y educada.
        La inseguridad es también un problema en Argentina, pues en la tele oí que tres individuos mataron a un hombre delante de su esposa embarazada y su pequeña hija para robarle el auto. Además, hay bandas dedicadas a despojar viejitos de sus viviendas.
      (La policía detuvo  a dos parejas de supuestos inquilinos que se habían instalado en la casa de un anciano jubilado, y se aclaró que lo habían matado a golpes ).
      El congreso se celebró en la Facultad de Derecho, un edificio enorme que recuerda el Partenón por las enormes columnas de la amplia fachada, y algunas sesiones se realizaron en la de Ingeniería, que parece un edificio inglés.
      Lo más memorable me parece una conferencia plenaria  sobre las editoriales que fundaron los refugiados españoles y , entre otras, dos interesantes ponencias sobre los Naufragios de Cabeza de Vaca y los Infortunios de Alonso Ramírez . También un recuento y comentarios de las reseñas de Rayuela. Yo participé en las asambleas y hablé con algunos colegas como Domnita Dumitrescu, que me contó que hace unos veinte años tuvo la Fullbright en Argentina y recorrió el país desde Bariloche a Salta y las cataratas de Iguazú.
       El embajador español ofreció una recepción en su residencia y hubo otros cocteles en Derecho.
       El viaje a Buenos Aires me resultó muy cansado, pues tuve que hacer una escala de 9 horas en Lima, donde por suerte pude descansar en el aeropuerto, que es muy limpio y seguro; el viaje de regreso  lo hice vía Santiago, donde la escala se redujo a menos de tres horas. Durante el tramo a México la comida – salmón, vino y un postre delicioso –me pareció mejor que la de Air France y Aeroméxico.

       Por cierto, en el congreso participó un buen número de colegas mexicanos y una profesora de Quintana Roo me contó que a ella su universidad le paga todos los gastos.

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