lunes, 2 de noviembre de 2015

Desayuno en París con café “olé”

  Juan José Barrientos

   La capital francesa es inagotable, y cada vez que voy descubro algún lugar que no conocía, como la tienda UniQlo en el Marais y un jardín cercano al que se entra por el portón de la Dirección de Asuntos culturales de la mairie (alcaldía), y es al que le debe su nombre la famosa rue de rosiers.


   La tienda UniQlo, que según me dijo una empleada quiere decir “único” en japonés, se encuentra atrás de la Opera, frente a las Galeries Lafayette, y ya la conocía, pero no la sucursal del Marais, inaugurada en abril del año pasado y que ocupa el edificio de una antigua fundición de metales preciosos, de la que se ha conservado la imponente chimenea de ladrillos rojos y 35 m. de altura, así como algunos hornos y herramientas – palas, tenazas –que se exhiben en 2 compartimentos aislados por vidrieras. La tienda propiamente se instaló en una estructura de acero con pisos de madera.
   La manera en que se utilizó este edificio histórico me recordó al que se encuentra en Xalapa dentro del Super Che en Ruiz Cortínez y la antigua calle Rivera Cambas y sobre el cual
nos dejó una nota o dos Guillermo Zúñiga, que todavía se pueden leer en línea y en las que aclara que era una fábrica de hielo.
   Desafortunadamente, no se conservan las máquinas, ni las tenazas mencionadas en esas notas, pues el edificio estuvo abandonado durante décadas y se deben haber retirado cuando la empresa cerró o se vendieron como fierro viejo en algún momento.
Y casi junto a UniQlo se encuentra otro edificio ocupado por la Dirección de asuntos culturales de la mairie que alberga un jardín y un huerto que recorrí y que tiene salida a la calle paralela, que ahora ya sé por qué se llama rue des rosiers.
   Se trata de una calle peatonal en pleno barrio judío, en una de cuyas reposterías acostumbro comprar un “pavé” con un relleno oscuro que debe su color a las semillas de amapola.
Tampoco había recorrido el Sena en un batobus ( de bateau, barco), pero un domingo leí en el periódico que se había declarado “libre de automóviles” y el precio del recorrido se redujo a diez euros, por lo que decidí aprovechar la oportunidad para disfrutar de esta experiencia.
   La tarifa normal es de 16 euros, pero el pase anual únicamente cuesta 38; una mujer trató de comprarlo, pero le dijeron que sólo se venden en enero para el resto del año lo que la hizo despotricar contra los franceses, que son muy especiales en ese aspecto.


   En cualquier estación del metro, se puede comprar un pase mensual para circular de manera ilimitada no sólo en ese medio, sino también en las numerosas líneas de autobuses, que por cierto permiten echarle ojo a esta bella ciudad, pero ese pase hay que comprarlo a principios de cada mes. Si uno lo compra el 7 de septiembre, no es válido hasta el 7 de octubre, como cualquier podría pensar, sino sólo hasta el 30 de septiembre, y lo mismo pasa con los pases semanales, válidos de lunes a domingo, de modo que si uno va a estar en París de un miércoles a otro miércoles tendrá que comprar 2 pases semanales.
El paseo en batobus me tomó 2 horas y luego recuerdo que subí caminando por el boulevar St. Michel y entré al parque de Luxemburgo, donde hay un estanque muy amplio donde los niños empujan con pértigas sus barcos de madera con velas y corren a recuperarlos del otro lado.
   A la entrada del metro me detuve a escuchar a unos músicos – un pianista y un clarinetista que interpretaban las melodías acostumbradas rodeados por la gente.
   Y ahora que ya regresé a Xalapa recuerdo que por lo general me despertaba temprano y
desayunaba “a la española” -- un tomate pelado con aceite de olvida y un trozo de baguette – y luego iba a la entrada del Metro, donde unos chicos regalan un periódico – 20 minutes – y luego entraba al Parc Montsouris que tiene 15 hectáreas y bajaba hasta el lago al otro extremo por un sendero entre los cedros y otros árboles; regresaba por la orilla a la Cité universitaire, para ir a echarle un vistazo al periódico mencionado mientras tomaba un café “olé” en el restaurante del Colegio español.
(Se trata de un café au lait, es decir con leche, pero como lo tomaba en el Colegio español, yo lo escribo “olé”, como se pronuncia)
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Las notas de Guillermo Zúñiga se pueden ver en varios sitios si uno escribe “La fábrica de hielo” y su nombre.

jueves, 9 de abril de 2015

Silvio Zavala

(in memoriam)

 Juan José Barrientos

      Al leer la noticia del fallecimiento de Don Silvio Zavala, recordé su generosidad, pues hace décadas me apoyó para que la Secretaría de Relaciones Exteriores oficializara mi candidatura a un importante puesto  en la UNESCO y años antes para que pudiera enseñar como lector en la Universidad de París-Sorbonne.


   Por ese motivo le dediqué mi artículo sobre “Colón en el cine y la televisión” publicado en la revista Tierra adentro a fines de 1991 y que traducido al italiano, gracias a una colega, también apareció en unos Quaderni de la Universidad de Macerata, donde ella era profesora.

   A fines de los ochenta revisé la lista de puestos vacantes en la Unesco por si alguno me servía para volver a París, y lo único interesante que vi era el de Director general de la División del arte, los intercambios culturales y el fomento del libro, y por no dejar presenté mi solicitud y mi curriculum, pues ya estaba por vencer el plazo para hacerlo.

    Hecho esto y luego de comprobar que no había ningún otro candidato mexicano, lo procedente era tratar de que se oficializara mi candidatura y ahí es donde le pedí apoyo a Don Silvio, que luego me envió copia de una carta en que Don Fernando Solana le informaba que ya había girado instrucciones al respecto.
    Por supuesto, tuve que convencer a otras personas para que mandaran a la Unesco cartas de apoyo, como la mamá de Adriana Menassé, que era la representante del Salón de la plástica mexicana, Y Javier Wimer, que estaba a cargo de los libros de texto, así como Mario Valdés que era entonces el presidente de la Modern Language Association, una centenaria organización.

     En 1989 volé a París y de ahí me trasladé a Barcelona para participar en un congreso; para aprovechar el viaje me quedé un mes en Madrid, donde pude ver en la Filmoteca española unas películas acerca de Colón; incluso me facilitaron una moviola para que las analizara cuadro por cuadro…y volví a París para ver qué había pasado en la UNESCO.

     Me enteré así, por Fernando Aínsa, que el nuevo Director general de ese organismo, Federico Mayor, tenía especial interés en que el puesto para el que yo era el candidato del gobierno de México lo ocupara Milagros del Corral, que había sido su colaboradora cercana en el Ministerio de Cultura en España.

     De acuerdo con el principio de la distribución geográfica, ese puesto le correspondía a México, pero ya se imaginarán que así terminó mi incipiente y meteórica carrera como funcionario internacional.
    Me sentí aliviado, en realidad, pues yo no quería un puestazo sino sólo alguna chamba, como la de Cortázar o Aínsa.
     Entonces le debí pedir a Solana que me nombrara agregado cultura en alguna embajada, pero ya no recuerdo qué pasó y creo que luego dejó su cargo.

      Terminé luego mi artículo sobre las películas de Colón y se lo dediqué a Don Silvio, pues antes
ya me había apoyado para que enseñara en la Sorbonne.
    Yo era lector en la Universidad de Toulouse, debido a que Aguilar Mora, un compañero de estudios en el Colmex, me pidió que lo remplazara, y de ahí me quería pasar a París.
    Le escribí a tres profesores importante –Paul Verdevoye, Louis Urrutia  y Jacques Lafaye–, y los tres me contestaron interesados.
     El que tenía una vacante, sin embargo, era Lafaye, y Georges Baudot me sugirió que le escribiera al Dr. Zavala para que me apoyara, pues él sabía que Lafaye iba seguido a verlo  en la embajada.
      Entonces le informé que yo había estudiado en El Colegio de México, que estaba como lector en Toulouse, pero me quería ir a París, etcétera, y …asunto arreglado.

      No puedo por todo eso dejar de expresar mi gratitud al gran historiador y hombre generoso.