miércoles, 13 de julio de 2016

Conciertos parisinos

Juan José Barrientos

       Hace unos días asistí a un concierto en la Casa de Alemania  donde unos jóvenes músicos  interpretaron un cuarteto en do menor de Brahms  y otro cuarteto también en do menor de Gabriel Fauré; luego hubo un coctel, donde me ofrecieron champagne, y hablé unos minutos con la violinista, una francesa lindísima, que por su piel bronceada contrastaba con sus amarillentos compañeros.
        Me dijo que toca con una orquesta en Berlín, adonde sus padres se mudaron, por cierto.
Tiene un Amati de 1652 y se llama Clemence de Forceville, asi que lo más seguro es que descienda de alguna familia de la nobleza.  
        El auditorio es un cajón de vidrio,  se pueden ver los árboles y las plantas alrededor, y uno tiene la impresión de un concierto campestre muy agradable.  
        El piano, sin embargo, es un Steinway de media cola, es decir más chico que el de la Casa de México, que está ahí desperdiciado por la actual directora, que no hubiera ofrecido ni coca cola, pues pretende cobrarles a los estudiantes que le piden el auditorio.
         En el Colegio de España se presentó hace poco un Trio Malats  que interpretó obras de Enrique Granados y Gaspar Cassadó, pero en la Casa de México no se hace nada parecido.
         Todas las residencias de la Cité Universitaire organizan conciertos, y unos días antes escuché a Jenny Maclay interpretar la sonata para clarinete y piano de Leonard Bernstein, que no conocía y me gustó mucho; además, tocó la suite Cats (Gatos), de John  Noble y otras piezas.
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         Ella estudia en el conservatorio de Versalles con Philip Cuper que es el clarinetista de la orquesta de la Opera y ha tenido varias alumnas mexicanas.
          La Casa de Japón también promueve la música de su país,  y el 21  hubo un concierto de koto, un arpa japonesa de trece cuerdas, con la que Takahashi Gaho interpretó algunas melodías  de su tierra.
           El martes pasado asistí ahí a un concierto de una violinista japonesa, Teira Yamashita,
que tocó primero la sonata para violín y piano en sol de Ravel y luego la Kreutzer, de Beethoven, acompañada por Wataru Hisasue, que es un pianista que se aloja en la Fondation danoise, en el mismo piso que yo.

           Tiene 22 años y anoche ofreció recital en esa residencia para estudantes después del buffet con que reinauguro “la terraza” que en  realidad es una especie de pérgola de metal que se remodeló.
              Total, hay muchos conciertos, pero la música mexicana no se oye.
               En la Sorbonne  se realiza desde hace décadas un ciclo de conciertos a mediodía, que se dedicó este año a la música de España, Portugal y los países iberoamericanos, por lo que se interpretaron obras de Héitor Villalobos, Ginastera y Carlos Guastavino, pero el programa no incluyó ninguna obra de Manuel M. Ponce, que estudió en Paris, dicho sea de paso,  ni de ningún otro compositor mexicano; nuestro país estuvo representado únicamente por el Mariachi Mezcal, del que por cierto forman parte 2 violinistas franceses.
               Hace años escuché al conjunto Mono Blanco, que estaba de paso al Festival “Rio loco” en Toulouse, y se alojaron en una sala de la Casa de México donde ensayaba el ballet folclórico; mi hija, Flora, que estudiaba en París preparó luego un recital con las  danzas cubanas y otras obras de Mario Ruiz Armengol, y lo tocó en la Sorbonne y el Teatro del Chatelet, entre otros lugares como la FNAC de Ternes, donde promovía sus discos el gran Ciccolini.  Desafortunadamente, no se ha vuelto a difundir nuestra música.
              Ojala el INBA, el IVEC o la Universidad Veracruzana hagan algo al respecto.


*Publicado en el Diario de Xalapa el lunes 27 de junio 2016.


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